jueves, 4 de agosto de 2011

"LA ASISTENTE ASISTIENDO EN UN FUNERAL"

CONSOLANDO A LA ABUELITA


El día del funeral de Juan, el esposo de Rosita, amaneció gris y de cielo amenazante, Cloé preocupada de todos los detalles del funeral, no tomó precauciones por si llovía aquel día, así es que asistió a la misa y al sepelio con un sencillo vestido y un blazer ad-hoc a la ocasión, y obviamente sin paraguas.
Su prioridad aquella tarde fue la de preocuparse de consolar y acompañar a  la abuelita del difunto, por lo que ambas, cuando salieron de la Iglesia se fueron juntas hasta el cementerio, y cuando ya iban los familiares caminando detrás del carro con la urna, comenzó a llover, por lo que por ahí alguien precavido le prestó un paraguas a Cló y con éste cubrió a la abuela para que no se mojara, y así se fueron caminando juntas detrás de toda la comitiva.

Como la viejecita era chiquita, ella hubo de agacharse un poco para no desprotegerla y le hablaba con palabras dulces dándole ánimo, y así es como iba enfrascada en su papel de “asistente” cuando no sabe cómo ni cuándo ¡zaz! se cayó a un profundo hoyo que estaba esperando a otro alojado, que no era ni Juan y menos ella sin cajón…
Y se arma la gorda en aquel entierro, los conductores del carro dejaron de lado el difunto para ir a socorrer a la señorita Asistente la que estaba al fondo del hoyo con la patas paradas para arriba, mostrando hasta el mismísimo desayuno. “¡Ay!...¡Ayayay!” –gritaba la Cló- “¡ayúdenme por favor!”, entre medio ella alza la mirada hacia arriba y jura que vio a toda la familia, incluyendo al difunto, mirándola a ella como pataleaba en el barro por tratar de pararse. Finalmente un funcionario del cementerio se condolió con ella y se tiró al hoyo también, ¡cual súper héroe para rescatarla…!
Así fue como volvió a formarse la fila de dolientes y continuaron la marcha junto al difunto…y ¿qué creen que hizo Cloé?... a pesar de que había quedado toda embarrada y abochornada con el episodio recién pasado… ¡siguió acompañando a la abuelita y hablándole como si ahí no hubiese pasado nada!...
Al día siguiente se presentó a trabajar, tan digna y profesional como siempre… esperando el siguiente caso para atender diligentemente.
Celeste

CLOÉ...LA ASISTENTE SOCIAL


COSCACHOS INESPERADOS
Siempre he admirado a las Asistentes Sociales, primero porque no hay dudas que tienen una gran vocación, especialmente por prestar oídos a problemas ajenos y segundo, que éstos los deben solucionar, aún a riesgo de su propia vida.
Pero de todas las profesionales que he conocido, como Cloé no hay otra igual.
Como ya saben, ella trabaja en una gran empresa de pollos congelados, y por ende tiene muchos casos que atender…
Desgraciadamente un día debió dar una triste primicia a la mujer de un conductor de uno de los camiones de la empresa, éste se había accidentado y falleció en el mismo lugar. Por lo que  ella tuvo que comunicar a la viuda “sí o sí” tan fatal noticia.
Era la primera vez que debía dar tal información, y en el trayecto desde la empresa a la vivienda del difunto, ensayó en su mente mil maneras de decirle a la señora Rosita como es que su marido había pasado a mejor vida. “La abrazaré apenas la vea”;  “no, mejor espero a que estemos solitas”; “¿cómo empezaré  a decirle?”; “¡qué terrible! ¿por qué crestas me toca esto a mí?”, “¡qué difícil!”. “Debería haber venido conmigo alguien de recursos humanos”. “Me mandan con el chofer, y él ¿en qué me puede ayudar?…” y así llegó a la casita de población humilde, muy bonita y acogedora. Tocó la puerta y sale a abrir una abuelita, y ésta le dice que pase, que la Rosita está en el patio. 
Cloé pensó que sería mejor que no estuviese presente la abuelita, así es que ella misma salió al patio y comenzó a decirle a Rosita que: “lamentablemente Juan había tenido un accidente y…”; no alcanzó a terminar de dar la mala noticia, cuando la mujercita se abalanzó sobre ella con un grito desgarrador que casi la dejó sorda, y comenzó a darle de puñetes a la pobre Cloé, y a mechonearla como si hubiese sido una muñeca de trapo, porque para peor, la Cló es flaca y menuda.
La abuelita no cachaba una de lo que pasaba. Repetía insistentemente, -lo que recuerda Cloé-,  ¿ésta es la otra?, ¿ésta es la otra?...
Afuera el chofer esperando, escuchaba aquellos gritos de ambas mujeres y pensaba “tan histéricas que son las minas”, sin imaginar siquiera que a Cloé la iban a mandar de vueltas a la empresa toda cacheteada y mechoneada.
Continuará…
No se pierda “El Funeral”
Celeste

lunes, 1 de agosto de 2011

PRIMERA HISTORIA : "LA ASISTENTE SOCIAL DE ARMAS TOMAR"


Cloé se desempeña como Asistente Social en una gran empresa de pollos congelados.  Ella es una simpatía de mujer, y sin dejar de serlo cumple su labor en forma muy eficiente, incluso, la mayoría de las veces, sin importar su integridad física.
Y es aquí donde pretendo contar algunas de sus anécdotas, que dentro de lo serias que son y reales, no dejan de ser divertidas
Un día llegó la Guillermina a su oficina  con un ojo en tinta, un chichón en la frente, el pelo revuelto, toda llorosa, acusando a su conviviente, el Ruperto, quien había llegado la noche anterior con  una que otra copa de vino  almacenada en el cuerpo, y con hambre el fulano, se cumple a cabalidad lo que siempre dice mi hermano “El poder del hambre sobre el hombre”, porque díganme ustedes si conocen algún hombre que no se ponga mal genio con hambre? . Bueno, como decía, al Ruperto le dieron toditas las mañas al ver que la  Guille no le tenía lista la comida.  
-Señorita, le decía medio lloriqueando a Cloé,  ¡qué comida le iba a tener! si me dice que está choriao` de comer cogote y patas e’pollo.
- Pero mujer, por último le hubieras tenido una  papitas cocidas- le dijo Cloé.
- ¡Si no tenía ningún peso señorita!, y él tenía que llegar con la plata y  se la tomó.-  y sollozando la pobre mujer, agregó  -no aguanto más señorita el abuso del Ruper y todo porque yo soy chicoca y él es tan re-bruto.
Cloé mientras miraba a la mujer y le escuchaba su afligido relato, iba pensando: “se le acabó a este pelotas el recreo, le daré una lección que nunca se le olvidará”.







El Ruperto era cargador de los camiones en la empresa de pollos, y la Guille era la aseadora del sector donde trabajaba la Asistente.
Cloé tomó el citófono y llamó por alto parlante al Ruper. La Guille, tremendamente asustada  suplicaba: “Señorita, no por favor, que él no me vea aquí, porque me va a sacar más la cresta todavía”.
-¡Quédate callada tú! –le dijo Cloé- yo sé lo que hago..., ponte ahí detrás de la puerta.
Entró el Ruperto haciéndose el chistoso.
-Da gusto entrar aquí señorita, y verla a usté ¡tan re-bonita!. Cloé estaba enfurecida. Se levantó de su silla y en dos zancadas estuvo enfrente de Ruperto, y en un  descontrol desconocido para ella hasta ese momento, se le abalanzó encima y lo cacheteó bien cacheteado, le tiró las mechas, lo pateó y más encima lo rasguñó. Al parecer. la Cló le puso varios nombres al Ruperto y este pobre pagó el pato por todos los imbéciles que la habían hecho sufrir a ella, y por todas las Guillerminas del mundo también.
El Ruper, estupefacto, no cachaba una, sólo trataba de esquivarla y le repetía constantemente, “señorita, ¿qué le pasa?, ¿usted se volvió loca?.
-¡No imbécil!, no me he vuelto loca, esto es para que en tu perra vida vuelvas a tocar a la Guillermina, ¿me oíste marucho de mierda?.- jadeaba la Cló de puro cansada-  Y ahora,¡ sale de mi vista!, y si alguien te pregunta qué te pasó, diles que te caíste en las escaleras mojadas. Y ya sabes, tú tocas a la Guille otra vez y conmigo te las vas a ver!!...
Y salió el hombre de la oficina muy asustado, jamás imaginó una reacción de tal magnitud de la señorita Asistente.
La Guille no podía creer que él ni cuenta se dio que ella estaba ahí tras la puerta.
Al otro día, el Ruper bien acholado apareció en la oficina de Cloé, pidiéndole disculpas y jurándole que nunca más le pegaría a ninguna mujer, y parece que aprendió la lección, pues quejas no se han vuelto a escuchar.
El problema es que la Cló quiere que aparezca otro “maltratador” para ella poder desahogarse, porque ¡ay qué le sirvió pegarle al Ruperto!, porque en él, todas sus neuras  descargó.