lunes, 1 de agosto de 2011

PRIMERA HISTORIA : "LA ASISTENTE SOCIAL DE ARMAS TOMAR"


Cloé se desempeña como Asistente Social en una gran empresa de pollos congelados.  Ella es una simpatía de mujer, y sin dejar de serlo cumple su labor en forma muy eficiente, incluso, la mayoría de las veces, sin importar su integridad física.
Y es aquí donde pretendo contar algunas de sus anécdotas, que dentro de lo serias que son y reales, no dejan de ser divertidas
Un día llegó la Guillermina a su oficina  con un ojo en tinta, un chichón en la frente, el pelo revuelto, toda llorosa, acusando a su conviviente, el Ruperto, quien había llegado la noche anterior con  una que otra copa de vino  almacenada en el cuerpo, y con hambre el fulano, se cumple a cabalidad lo que siempre dice mi hermano “El poder del hambre sobre el hombre”, porque díganme ustedes si conocen algún hombre que no se ponga mal genio con hambre? . Bueno, como decía, al Ruperto le dieron toditas las mañas al ver que la  Guille no le tenía lista la comida.  
-Señorita, le decía medio lloriqueando a Cloé,  ¡qué comida le iba a tener! si me dice que está choriao` de comer cogote y patas e’pollo.
- Pero mujer, por último le hubieras tenido una  papitas cocidas- le dijo Cloé.
- ¡Si no tenía ningún peso señorita!, y él tenía que llegar con la plata y  se la tomó.-  y sollozando la pobre mujer, agregó  -no aguanto más señorita el abuso del Ruper y todo porque yo soy chicoca y él es tan re-bruto.
Cloé mientras miraba a la mujer y le escuchaba su afligido relato, iba pensando: “se le acabó a este pelotas el recreo, le daré una lección que nunca se le olvidará”.







El Ruperto era cargador de los camiones en la empresa de pollos, y la Guille era la aseadora del sector donde trabajaba la Asistente.
Cloé tomó el citófono y llamó por alto parlante al Ruper. La Guille, tremendamente asustada  suplicaba: “Señorita, no por favor, que él no me vea aquí, porque me va a sacar más la cresta todavía”.
-¡Quédate callada tú! –le dijo Cloé- yo sé lo que hago..., ponte ahí detrás de la puerta.
Entró el Ruperto haciéndose el chistoso.
-Da gusto entrar aquí señorita, y verla a usté ¡tan re-bonita!. Cloé estaba enfurecida. Se levantó de su silla y en dos zancadas estuvo enfrente de Ruperto, y en un  descontrol desconocido para ella hasta ese momento, se le abalanzó encima y lo cacheteó bien cacheteado, le tiró las mechas, lo pateó y más encima lo rasguñó. Al parecer. la Cló le puso varios nombres al Ruperto y este pobre pagó el pato por todos los imbéciles que la habían hecho sufrir a ella, y por todas las Guillerminas del mundo también.
El Ruper, estupefacto, no cachaba una, sólo trataba de esquivarla y le repetía constantemente, “señorita, ¿qué le pasa?, ¿usted se volvió loca?.
-¡No imbécil!, no me he vuelto loca, esto es para que en tu perra vida vuelvas a tocar a la Guillermina, ¿me oíste marucho de mierda?.- jadeaba la Cló de puro cansada-  Y ahora,¡ sale de mi vista!, y si alguien te pregunta qué te pasó, diles que te caíste en las escaleras mojadas. Y ya sabes, tú tocas a la Guille otra vez y conmigo te las vas a ver!!...
Y salió el hombre de la oficina muy asustado, jamás imaginó una reacción de tal magnitud de la señorita Asistente.
La Guille no podía creer que él ni cuenta se dio que ella estaba ahí tras la puerta.
Al otro día, el Ruper bien acholado apareció en la oficina de Cloé, pidiéndole disculpas y jurándole que nunca más le pegaría a ninguna mujer, y parece que aprendió la lección, pues quejas no se han vuelto a escuchar.
El problema es que la Cló quiere que aparezca otro “maltratador” para ella poder desahogarse, porque ¡ay qué le sirvió pegarle al Ruperto!, porque en él, todas sus neuras  descargó.

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