miércoles, 8 de junio de 2011

"EL ENFERMERO DOCTORADO"

INTRODUCCIÓN



Nos encontrábamos mi prima Valeria y yo, un frío día de julio del 2005,  en su departamento frente al mar en la localidad de Dichato, en un hermoso lugar llamado Pingueral.
Era un día sábado,  tarde en la noche, nos acompañaba una suave música como la de Andrè Rieu, un exquisito vino de buena cepa,  y fumándonos un rico tabaco árabe en arguiles, era suficiente para conversar de nuestras vidas y confidenciarnos mutuamente.
Mi prima es una mujer francamente excepcional, con un corazón de oro  y siempre preocupada de los demás, especialmente por mí. Me dijo en aquella oportunidad que no concebía que yo siendo aún joven no tuviese pareja.
De pronto me abrió sus tremendos ojazos color avellana y exclamó:
-¡lo tengo prima! Ya sé a quién te presentaré .  Espérate, capaz que mi amigo haya venido este fin de semana para acá y esté ahora en su departamento… Lo llamaré al celular.
Yo  la miraba sonriendo, pensaba que si ella me quería ver acompañada. ese alguien para mí  sería un buen candidato.
No estaba el  susodicho, pero algo me contó de su vida. Un hombre separado con hijas mayores, muy apegado a su madre, de buenos sentimientos y buen billete, finalizó. Ideal. No?
-.No se preocupe primita,-me expresó-  que cuando Ud. vuelva por acá inventaré algo para que lo conozca.
No hubo necesidad de inventar nada, conocería a ese candidato “ideal” en las circunstancias más insólitas…




PINGUERAL
FEBRERO DEL 2006


Llegué de vacaciones a Pingueral, junto a mis dos hijos, Rodrigo Andrés de 18 años, y Vicente de 14,  nos recibió Valeria, mi prima, junto a sus dos hijas, Pamela, quien se encontraba acompañada de su pololo, y  Karol quien ya había hecho “click” con mi hijo mayor. Demás está decir lo contentos que estaban  mis niños con estas vacaciones. Se proyectaban espectaculares.
         Teníamos Nana de lunes a Viernes, así es que yo por lo menos, me dediqué a descansar, dormir, y a comer como si el mundo se fuera acabar.

         Un sábado, de aquellos sin Nana, me ofrecí a lavar la loza después de almuerzo. Estábamos con visitas. El esposo de mi prima y la hija mayor de éste.
         Ellas bajaron a la playa y yo iría más tarde.
         Al parecer esto de lavar loza me pilló fuera de training porque  me agotó.  Bajé de traje de baño a la playa con el infaltable pareo y me uní a las chicas que me esperaban. De guatita al sol me relajé escuchando la amena conversación que tenía Valeria y su hijastra  María Ignacia.
         A una hora prudente, cuando ya bajaba el sol, decidimos volver al departamento. Ellas se pararon ágiles, como jóvenes y buenas  deportistas que son, pero la que escribe simplemente no pudo. Intenté hacerlo varias veces pero el dolor en mi colita me lo impedía, estaba “desculada”.  Y  comenzó el movimiento y la desesperación de mi primita, la que corrió al depto.. a buscar “calorub”, me frotó el término de la columna, me dio a tomar un Ibuprofeno y nada.  Aparecieron mis hijos muy asustados. No sabían qué hacer. Valeria daba órdenes.
-¿Cómo mierda no va a ver un médico o paramédico en esta huevá? – repetía a cada instante- y cada vez más preocupada, porque yo ya no me quejaba, aullaba, o ¿bramaba?. No importa, sufría igual que un animal en esos momentos.
Valeria volvió  nuevamente al departamento, y a esa hora comenzó a subir la marea y mis hijos hacían paredes de arena para que no me llegara el agua.
De pronto veo a lo lejos a Valeria con un señor con pinta  de "curita" que venía caminando en dirección a nosotros. Debe ser algún paramédico, dijo uno de mis hijos, el otro, riendo agregó, -por la pinta que tiene, capaz que te vengan a dar la extremaunción mamy-. Ni un respeto por la madre, cabros de mierda. Lo encontraban cómico verme ahí  entre quejidos, llantos y risas. Por lo mismo, mejor era chacotear a costillas mías...



Francamente yo no estaba para chistes, y una de mis sobrinas dijo, ¡no! ¡qué cura ni que nada!, ese es el doc, amigo de mamá.
Entonces yo comencé a taparme lo mejor que pude, porque soy muy vergonzosa para andar luciendo mis curvas, y mucho menos ante desconocidos.
Llegó el mentado doc, me tocó por aquí por allá, me hizo dos preguntas y diagnosticó de inmediato “lumbago”. Rápidamente, dijo que debía extender receta para que fueran a la farmacia a comprar inyecciones de Neurobionta y algo para el dolor. Acto seguido, le dijo a mis hijos que tomaran a la mamá como pudiesen para que me llevaran al auto. Fue francamente patética la situación.
Mis hijos, abrutados que son, me agarraron de un “ala” cada uno y prácticamente me arrastraron por la arena, el pareo quedó atrás y con lo vergonzosa que soy, más gritaba y lloraba para distraer al doc, porque estaba enferma pensando en que él caminando detrás mío iba “vitrineando” de lo lindo.
Ya eran las 7 de la tarde, cuando apareció el doctor, de muy buena voluntad para él mismo ponerme la inyección, Como él tenía confianza con la prima, yo me dije a mi misma, ¿pá qué voy andar con tantos “remilgos” pá ponerme una simple inyección?, Además con el bagaje que debe tener ya ha conocido cachetes de todos los  tamaños, textura y colores. Suaves, ásperos, celulíticos, espinilludos, tatuados, etc. Pero apuesto mi cabeza que ninguno con un lunar tan coquetón como el mío.





La cama donde me encontraba era angosta y  estaba de lado dando la espalda a la pared, y él, el muy patudo, se sentó muy cómodamente detrás de mí, como si yo hubiese sido su paciente de toda la vida. Yo no tenía ganas de conversar, sólo quería sentirme un poco mejor, pero  por lo que oía él y mi prima agarraron conversación pá largo, y se reían haciéndome bromas.
En un momento, así como estaba, echadito en la cama detracito mío, casi como haciendo cucharita, preparó la inyección, me bajó el pijama, sin siquiera pedir permiso y siguió conversando con Valeria como si nada. Sin pensar ni por un segundo que yo sentía una real afrenta por tenerme ahí con el poto al aire. Algo tan íntimo que no se lo presento a cualquiera…Pero, era mi salvación.
De pronto exclamó: -pero ¡qué lunar tan bonito tiene esta señorita!.
Me puse roja como tomate y rápido me subí el pantalón.
Luego él se despidió y sacó cuentas de que como a la una de la madrugada volvería a poner la otra, y tipin 7 u 8 de la mañana sería la tercera, por lo que volvería a tomar desayuno. Así tan amigo.
Cuando Valeria cerró la puerta del living, corrió hasta mi dormitorio y riendo a carcajadas me dice:
-¿te acuerdas primita que en el invierno pasado te dije que te quería presentar un amigo?.
-¡iihhh! –respondí-  no me huevees prima. ¡qué plancha!.
- ¡Tate callá niña!-me replicó  en su acento típico sureño –y le gustaste.-agregó.
- Si, claro – expresé – como no le iba a gustar si lo primero que le presenté fue el poto. Así quien no se prenda pues prima.
No podía creer que ese era el candidato,  y me enteré recién ahí que era “Dermatólogo”, es decir de cachetes sabía harto, pero no de los de abajo precisamente.
Cuando volvió en la madrugada, yo estaba “groguis”, poco recuerdo la postura de inyección y ni siquiera oí lo que conversaba con Valeria.
Por la mañana, como pude fui a ducharme y darme una manito de gato, porque a decir verdad me había agradado el doctorcito. Entonces fue que pude también contestar las bromas y chacotear también. 
En el desayuno que tomamos los tres, románticamente frente al mar fue grato, y la charla amena que tuvimos para conocernos un poco más es algo que estoy segura quedó grabado para siempre en nuestra memoria.
Luego del desayuno vino el rito del pinchazo,  el doc nos dijo a ambas, que sería muy bueno que Valeria aprendiera a poner inyecciones, puesto que él debía irse de regreso a la ciudad y no se podía cortar el tratamiento. A la Vale casi le dio soponcio. –yo doc?- y me mira a mí con espanto, -tú, ¿ confiarías en mi?. -¡Por supuesto!-,  repliqué de inmediato, Y el doc no encontró nada mejor que con toda naturalidad usar mi cachetote del lunar para dividirlo en cuatro y -¡zaz que pincha ahí!- le dijo riendo a Valeria.
Por la tarde regresó mi enfermero-doctorado. Valeria le abrió la puerta, y él le pregunta: -¿qué anda haciendo Valeria con esa inyección y ese limón?.



-ando practicando doc, como usted dijo,  parto en cuatro y sin que me tirite la mano ¡zaz que le doy el pinchazo!.
- Pero Valeria –acotó el muy desubicado- no debiera ser con un limón, tiene que ser con un ¡melón!.
¡Uy!, ¡no! fue TO MUCH.
Nos despedimos esa tarde y al fin de semana siguiente regresó. Yo sabía que así iba a ser porque de tanto mirarme “virolo" quedó...





Celeste


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