
A raíz de mis últimos achaques de temporada, y después de haber acudido a diferentes especialistas, probando con diferentes remedios, más sesiones de kinesioterapia, y no lograr ningún resultado, un buen día mi gran amiga Angie me telefoneó feliz y esperanzada, ¡dándome el gran dato de su vida! para que yo mejorara mi dolorosa fibromialgia, la que prácticamente me tenía invalidada.
Me dijo aquél día: “una amiga de mi hermana se sanó totalmente de unas dolencias yendo a visitar con mucha fe a la “madre Rosa”, y lo más importante –agregó- es que no cobran para nada caro. –pero, añadió Angie muy entusiasmada- sí, hay que pedir hora de inmediato porque siempre están copadas.
Muy alentada, llamé de inmediato a la que entendí en esos momentos era una monjita llamada “madre Rosa”, pues al contestar el teléfono y yo consultar “¿puedo hablar con la “madre Rosa”? ella contestó “con ella habla”. Me identifiqué y le pedí me diera una horita lo antes posible…esto fue en abril, y tuve recién hora para el 4 de julio del 2007.
Ansiosa estaba yo esperando el día con harta fe y esperanzas, haciéndome todo tipo de conjeturas, como preguntándome ¿qué harán estas monjitas pá sanarla a una?, y me contestaba sola, ¡nápoh!, debe ser el puro poder de la oración y si una tiene gran fe, fijo que don Jecho atiende la súplica y baja justo a la horita que me citaron y hace un milagrito en mí.
Llegado el día y en muy buena hora se me ocurrió invitar a una compañera de oficina, de ésas buena onda, para no ir tan sola, y total, -le dije a Mariana- como era en hora de colación y según dijeron el trámite demoraba sólo media hora y… ¡por cinco Luquitas!, en qué topamos?. Dijo Mariana, y yo agregué, además queda aquí cerca.
Tomamos un taxi y partimos miéchica donde las supuestas monjitas.
Llegamos al barrio de Avda, Matta, a mitad de cuadra por calle Carmen, en donde abundan las casas grandes, construidas de adobe, con dos puertas, una que da a la vereda y la otra separada por una mampara, Tocamos el timbre…
El hombrecito que salió a abrirnos la puerta de unos 30 y algo de años, con no muy buena pinta, nos habló ronco y fuerte: -que pase una primero-.
Nos miramos extrañadas con Mariana, pero estaba claro que la que entraba primero era yo. Y ahí quedó ella, esperando en la mampara.
El hombrecito, que no me dio para nada confianza, mientras encendía un incienso me miraba a los ojos en forma penetrante y de manera autoritaria dijo: -“Primero debo limpiarla”, y me pasaba alrededor del cuerpo ese olorcito tan característico de onda brujeril., era incienso.
-Levante los pies, agregó, y entrégueme la cartera-, la cual entregué sin chistar., -también la debo limpiar.- expresó ante mi cara de desconfianza. (Y yo que cuido mi cartera casi como cuidé mi virginidad.).
Ahora que reflexiono ¡puchas que me veía mínima ante los ojos del infaltable gato que había en la lúgubre galería del lugar.
Pero, pensándolo bien, fui bien corajuda al quedarme ahí, pero reconozco que era sólo por la compañía de la buenaza Mariana, de lo contrario habría rajado de ahí como que hay Dios. Pero tengo que haber estado muy requete mal pá apechugar sin arrancar.
Acto seguido me dijo, pase a sentarse… abrió la puerta y le hizo lo mismito a Mariana, la que me miraba tan incrédula como la miraba yo, mientras me sentaba, ¡perdón! me hundía en un desvencijado sillón, en el cual me quedé quietecita y bien chiquitita, desde ahí miraba a Mariana con cara de ¿dónde crestas vinimos a dar?...
En la salita se encontraba otro señor y por la cara que tenía era el acompañante de alguien a quien estaban atendiendo, pero ¿quién atendería a la paciente?, porque hasta ahí yo entendía que la que curaba era la “Madre Rosa”, y ésta recién me acababa de saludar, justo cuando mi compañera también se hundía en el sillón, quedando con sus rodillas a la altura de la pera, al igual que yo, ambas con la carterita bien agarrada, como si ello nos diera valor, nos dábamos codazos porque no podíamos intercambiar palabras, ya que estábamos todos muy juntitos ahí en esa salita, mirándonos con los ojos más redondos que el dos de oro.
El decorado de la sala era más bien tétrico que acogedor, había búhos de todos los portes, bolas de vidrios, piedras de cuarzo, sales minerales, en fin, todo onda esotérica, y si no hubiese sido por la imagen de don Jecho que también adornaba el lugar, habría salido arrancando despavorida del lugar, pero la curiosidad pudo mucho más, y total eran cinco Luquitas nada más.
En eso estábamos esperando que se dirigiera a nosotras la “madre”, que a esas alturas ya entendimos que de madre o monja ¡nada¡, sino que era doña Rosa, una señorona de unos sesenta y pico de años, vestida con un delantal blanco y con un archivador tan gordo como ella, la que se paseaba de un lado a otro dando órdenes, muy luego se dirige a nosotras sentándose enfrente y nos dice: ¿Cuál de las dos se viene a operar?...
-A operar?.coreamos.- bueno-, agregó,-a atender-
-Yo soy, dije tímida.
-“Gánese” aquí, que le haré unas preguntas.
Planchón grande aquél, porque ahí mismito me preguntó de todo, incluyendo la edad (que no la suelto tan fácil), total que todos los presentes se interiorizan de las pifias y dolencias de los que acudimos a ese lugar en busca de ayuda, es decir a “operarnos”. Por lo mismo es que con Mariana nos enteramos del por qué iba la paciente que llegó detrás nuestro. Fue triste saber que ella iba para que le quitaran el dolor de su alma por la pérdida de un hijo. Él se había quitado la vida la semana anterior…Imposible no parar la oreja ante tanto detalle que narraba la doliente.
Y en ello estábamos muy copuchentas prestando oídos, cuando se abre la puerta de una habitación, que quedaba a la entrada a mano derecha, y salen tres fulanos, como dice mi mami, todos de túnicas blancas… el primero era bien alto, o lo vimos muy alto, porque hay que acordarse de que estábamos sentadas prácticamente en el suelo, de tez clara y psoriasis en la cara, por lo que sus ojos se veían más negros, y sus aspecto de buen hombre un poco más pintoso que los que venían detrás, me dio algo de confianza…porque el de más atrás era de tez morena y la típica cara del chilenito pillo, venía también rengueando un cojito, más dos viejas chicas, una de ellas venía con un morralito de color blanco, y repito, todos de túnicas blancas y con la característica actitud de los equipos médicos cuando salen de un quirófano.
Mientras tanto yo me preguntaba y cuál será la paciente?, y ahí salió ella, una mujer flaca, de baja estatura y todita despeinada, -y que Dios me perdone, pero con cara de andar con el permiso del director del cementerio- digo yo a juzgar por el color de su piel medio aceitunado-Caminando medio tambaleante llegó al lado del señor que ya la esperaba con cara de impaciente. Fijo que era el marido.
En ese instante y ante tanto alboroto en la sala, aproveché de preguntarle por qué había ido ella ahí. Me dijo: tengo cáncer y estoy mucho mejor. Parece que me vio la cara y voz de angustia porque agregó: -no sienta miedo, entre con mucha fe y verá que se ha de mejorar-.
Acto seguido llegó doña Rosa con los “remedios” para la paciente recién intervenida. Era una botella de cachantún aparentemente con agua purita de la llave… Bueno, dije yo, total son sólo cinco Luquitas, y después de todo de ¿dónde tanta exigencia de esta patipelá?...(esa soy yo).
Una de las viejas chicas llamó desde el baño a la próxima paciente. Esa era yo. Con harta dificultad intenté levantarme del sillón donde me sentía gratamente cómoda. Como Dios me dotó con unas tremendas caderas, por ende tengo un gran trasero, el que cada día me pesa más, por lo que los esfuerzos realizados son con mucha dignidad y a mucha honra, no me sirvió de nada, ya que atento y solícito me tendió su mano uno de los doctores, y le costó al pobre, porque casi fue a dar al otro sillón y yo encima de él. Apenas me pudo.
En ese preciso instante Mariana se despidió de mí, por lo de la hora y para que adelantara camino disculpándome ante mi jefe por mi demora donde el doctor… ¡Pobre Mariana!, me quedaron grabados sus ojos de mirada azul cielo llenos de preocupación, no sé si por sentirse como una hermana menor, o la de la profesional que vela por el bienestar del funcionario (ella es Asistente Social).
Y ahí me vi sola en un total abandono y de puro mensa nomás.
Pasé al baño, me dijo la “enfermera” sáquese toda la ropa y se queda sólo con la interior, siempre que sea blanca. Menos mal que hasta con camiseta blanca andaba. Me ordenó pararme en medio de una sabanilla blanca, me limpió nuevamente con incienso, y ahí entendí lo del morralito, y es que envuelven la ropa en la mentada sabanilla.
Y así partió nuevamente el equipo médico rumbo al quirófano conmigo a la cola.
Al entrar al lugar me encontré de frente con una imagen de la Virgen María, una camilla blanca y una energía muy especial, algo que en ningún otro lugar había sentido hasta ahora.


-Tiéndase boca abajo.
Me tendí, cerré los ojos y me entregué por completo a la voluntad de Dios.
Percibí que estaban todos a mi alrededor, oraron un rato y pidieron en voz alta que bajara un espíritu a curar mi mal…, y ahora que estoy escribiendo y recordando, me siento de lo más ofendida porque el espíritu que bajó a operarme fue un médico alemán de la segunda guerra mundial..
¿Qué podría saber él sobre la fibromialgia?¿ si en aquél tiempo no se conocía?, ah? y lo peor no es eso, sino que vieja soy pero nunca tanto pá que el doctor haya sido tan antiguo.

De pronto uno de los del equipo me agarró la cabeza y con las manos empuñadas me revolvió bien las mechas y me movía el cuello de un lado a otro, tipo masaje que no era masaje, entonces comencé a parar oreja a lo que conversaban entre ellos. Y el que era el supuesto doctor contestaba las preguntas de los otros en el personaje del doctor de la segunda guerra mundial…¿¿??.
En resumen el que me operó era el más alto de todos y el acento de su voz era claramente un brasileño asentado algún tiempo en este país, y recién me cayó la teja entonces que yo estaba frente a los nombrados “espiritas”, pero versión chilensis.
Cuando terminaron me dijeron que me pusiera de pié con cuidado porque me podía marear, y si quería hacerle alguna pregunta al doctor antes que se fuera…Yo no pude decir ni pío, porque estaba entre crédula e incrédula de lo que estaba vivenciando. Pensé por un momento, ¿no habrá por ahí una camarita amiga y salga después haciendo el loco en la tele?...amén de que estaba todita chascona y con la pintura corrida…¡linda me tengo que haber visto!.
El doctor me dijo: -Ud. Podrá creer o no creer, es cosa suya…parece que me cachó que estaba incrédula.
A continuación me dieron mis remedios. La botella con agua de litro y medio, que debía tomar durante siete días en sorbos impares en ayuna… sólo llegué al cuarto día, el resto francamente se me olvidó. Pero debo confesar que los días que lo tomé no le encontré más gusto que a agüita de la llave y que nunca sentí nada de lo que me dijo la “madre Rosa” antes de despacharme.
A los 45 días uno puede ver los resultados, y lo cierto es que yo a los 23 ya me sentía muchísimo mejor.
Pero tengo claro que la fe con el susto no se condicen.
Y todo por cinco Luquitas.
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