
Mis hermanos que no pudieron asistir al matrimonio del nieto de nuestro querido tío Titín, están deseosos de saber cómo estuvo y como lo pasamos.
También mis amigas, quienes de una u otra manera contribuyeron a prestarme ropa y accesorios para que yo asistiera de lo más enchulada posible.
Y obviamente, todos con la vana esperanza que en una de ésas yo agarrara pinche.
Y claro que lo contaré, pero por escrito, porque quiero que quede registro de la firme decisión que tomé, y es que ésta es la última vez que asisto sin acompañante a un matrimonio.
Aquí va en primera persona.
Me arreglé lo mejor que pude, poniéndome finalmente mi vestido de terciopelo floreado entre color negro y rosa viejo, comprado hace algunos años en cómodas “cotas” en mi tienda Privilege, la que entre parénteisis ya no tiene nada de exclusiva. Como decía, éste es ajustado al cuerpo, tipo “jumper”, escote cuadrado y una abertura coquetona que mostraba a la disimulada mi pierna gorda y contorneada, exenta aún de várices. (menos mal).
Cubrí mis hombros con un chalcito de lo más mono comprado a módico precio en el barrio Patronato, y por qué no decirlo?, también para cubrir en forma “cachual” lo que a estas alturas llamamos bracitos de murciélago. Ya que si los movemos las charchitas se mueven al compás de un péndulo de esos viejos relojes de pared. Pero, igual hacía frío, por lo que desenterré la vieja estola de piel fina que me regaló mi amiga octogenaria la Artemes. Es linda la estola, aunque ya está bien peladita en algunos sectores, pero, dije yo, caminando rápido, pasa piola.
Ya.
Las dos chiquillas que yo debía trasladar al magno evento, una era mi madre y la otra la tía Licha. Quienes también se esmeraron en el arreglo para que el hermano de ellas, mi tío Titín, es decir el abuelo del novio, se sintiera muy orgulloso de sus hermanitas.
La Iglesia era la Castrense (Los Leones con Provi), al llegar a ésta se notó de inmediato el ambiente familiar que reinaba en el lugar, puesto que se armó el comadreo y era un ir y venir de una banca a otra, saludándose la gente como si hubiéramos estado ya en el salón de la fiesta. De regocijo ¡nada!, ¿alguien rezando?, ni por si acaso.
Hasta que se plantó frente al micrófono un Curita y nos echó una tremenda pará e’ carro, y en un dos por tres nos tenía rezando el rosario. Cuando íbamos en el 2º Misterio, igual nos reprendió por aquellos que nos daba lata rezar. Parece que a mí y a María Engracia (mi prima) se nos notaba mucho ya que estábamos frente al párroco en la tercera fila. Así es que llegamos al tercer Misterio bien retados y en eso vienen llegando los novios.

Todos los Ave Marías y Padres Nuestros, fueron multiplicados por el Cura y se los regaló a los novios.
Creativo…no?.
Ya.
Terminado el ritual del matrimonio, agarró viento e´cola todo el gentío y a celebrar se ha dicho al Club Militar Lo Curro.
Club que yo aún no conocía, por lo que vine a cerrar mi tremenda bocaza sólo cuando llegué al 2º piso y miré perpleja y algo avergonzada que yo, “YO” no figuraba en ninguna mesa. Es decir, nunca estuve invitada, Pero, mi tío Titín que también fue diplomático en su tiempo, y además amoroso, me dijo –no importa sobrina. Ud. Se sienta en mi mesa-. Así es que en un principio estuve jugando al ping-pong con la mesa 4, 11 y 17, las que eran posibles para quedar sentada con algún familiar y no parecer tan bola huacha. Claro que en ningún caso con las veteranas, porque aparte que no escuchan nada, me iba a aburrir soberanamente.
Mi primita María Engracia, felizmente ella, con una semana de anticipación me había informado que yo me sentaría junto a ella. Así es que a la mesa 11 fui a dar. Mesa en donde estaba mi hermanita Ana y mi cuñadito Leonardo. Estaban también en esa mesa los hijos de la tía Sabina, es decir unos primos que yo no había visto ni en pelea de perros. Me saludó Mario, el marido de mi prima Adita, quien me trató de usted de principio a fin, por lo que automáticamente me mentalicé que con el peinado y trajecito con que andaba, más la estola medio peladina, me veía bastante mayor, y por ello me señorotió toda la noche el tal
Mario, quien a juzgar por la pelá que tenía era mayor que yo. Creo.
Por lo mismo, mi autoestima dañadísima quedó bajo la mesa, tanto así que ni a bailar salió.(el autoestima y yo).
A mi lado izquierdo se sentó un primo llamado Tito-Ramón, ya pá empezar el nombre compuesto tan singular lo encontré de lo más curioso. A Anita, mi "ñaña" (dícese así en el Ecuador a los hermanos), le causó muchísima gracia verme sentada al lado de un potencial “candidato” tipo solterón. Este niño hace poco fue operado de un bypass gástrico, según él mismo contó, bajando como 50 kgs. en total.
Con disimulo lo observé y me di cuenta que todos los cueritos le quedaron detenidos entre el ombligo y la otra “cuestión”. No se veía nada de bien, para ser franca, y al parecer se dio cuenta de mi mirada analítica, porque de inmediato también contó que esperaba que lo acogiera el Auge para que le sacaran todos los rollitos que le sobraban.
El matri estuvo súper, para qué decir el mastique. Baile de odalisca hubo también, y el bailoteo ni que decir, si hasta mi mami movió el queque al compás de un reggetón, en tanto mi ñaña Ana y yo, permanecimos sentadas todo el rato, meneando solo la pata bajo la mesa. Porque con solo mirar la cara de pocos amigos de mi cuñadito, ni soñar con que nos hiciera el favor de sacarnos a bailar. Ante tanta evidencia mi ñaña díjole a su augusto esposo que era hora de retirarse, y como yo tampoco bailé con nadie, porque tampoco nadie me sacó, hice causa común con ella y tipin una y media de la madrugada decidimos marcharnos.
Yo, como soy atenta y servicial, les dije a las veteranas que debía llevarme, que me esperaran a la entrada en tanto yo iba a buscar el auto, y para hacerla cortita me fui bajando por una lomita en el jardín un tanto empinada, así que iba medio de lado para no caerme, pero no conté con que los zapatos prestados con que andaba eran de suela y el pasto suavecito por la garúa de la noche, igual no más resbalé y me fui de potito hasta llegar a detenerme con una pata en alto en el neumático de mi auto. Como me costó pararme (y menos mal que no había ningún gentil, porque habría sido más encima bochornoso), me afirmé con el brazo izquierdo y no sé qué maniobra fue la que hice, que ahorita nomás ando todita compungida con una tremenda tirantez del cuello para abajo.
Ahora me río sola, porque ¡claro! como crestas iba ir a una fiesta sin que algo me pasara. ¡imposible!.
Y como dice mi hijo Vicente ¡tú eres muy al peo mamá!.
Cuento corto, este será el último matrimonio al que asistiré, porque andar sola "como bola huacha" es triste y francamente me desperfila.
CELESTE
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