domingo, 26 de junio de 2011

SEGUNDA PARTE..."MIS AMIGAS"

CUMPLEAÑOS DE SANDY




Pasada la emoción, y entrega de regalos, vino el consabido e infaltable copetín, excepto la Vane quien cooperó con unos arrollados primaveras chino, y no me explico esa fijación que tiene la Vane con los arrolladitos chinos, porque carrete que tenemos, ella se apersona con este comistrajo.  ¿Será la forma del envoltorio que parece un “penechico”?...No lo sé, pero algo hay de estudio psicológico en el asunto. Pero ¡quién sabe si es por eso que está tan bonita ella!.

Cuando estábamos todas cómodamente sentadas y ya iniciando el tema de conversación, que la verdad sea dicha, nunca es un tema, puesto que saltamos de una cosa a otra con una rapidez extraordinaria, vino el momento de las fotos, en donde Paloma,  la hija pelolais de la Angie, nos sacó fotos en todas las poses y ángulos posibles. Momento fidedigno del carrete brujeril, el que queda de por vida no sólo grabado en los computadores, sino en nuestra memoria, la que crece atesorada con estos momentos maravillosos de sana amistad y camaradería.

Lo que puedo rescatar de todas nuestras conversaciones de esa noche, es una de la cual nos reímos muchísimo cada vez que recordamos el “gas social” de una de nosotras. Y que vale la pena dejarlo impreso en estas memorias. Ja-Ja-Ja.

En un día no muy lejano, en que estábamos al final de nuestro carrete, en donde ya quedábamos sólo Vanessa, Priscilla, Angie y yo, una de ellas, maniática por el orden y la limpieza, quiso adelantar trabajo para el otro día, y se agachó sigilosa a recoger los ceniceros y vasos sucios que iban quedando sobre las mesitas laterales,  justo en ese minuto en que ella se agacha, yo, quien estaba sentada en la esquina del sillón grande e inmediatamente al lado de una de las mesas, me pareció escuchar un sonido cantarín, el que venía por debajo de la pollera de la comadre, y cuando ésta iba camino  a la cocina cruzando el hall de entrada, se le aflojó un poco más el tambembe y quedó el sonido orquestado en un punto métrico de tres metros; entonces recién ahí volteó la cabeza hacia nosotras y se encontró con nuestras caras de real sorpresa, y el comentario atinado de mi persona en que le dije: “tírate otro y lo bailamos”; fue suficiente para abochornarla más de lo que ya estaba.  Soltamos la carcajada general entre las 3 que estábamos en el living.  Ella de inmediato se devuelve  sentándose en una banqueta y dirigiéndose a nosotras nos decía: -¡perdón!, ¡perdón!; ¡juro que no lo  quise hacer!,  es algo totalmente involuntario- argumentaba-, y no se daba cuenta que más la embarraba dando tantas explicaciones que no venían al caso, porque igual no podía tapar lo que ya estaba hecho y más encima orquestado y perfumado. Jamás olvidaré su cara cuando decía: -“nunca, nunca me había pasado esto en sociedad”; y nosotras nos reíamos cada vez más. Cuento corto, aquél día, terminamos la noche conversando lo atroz que se vuelve de vulnerable el poto, una vez que se afloja éste.

Y, por supuesto que aproveché de contar una anécdota propia sucedida años atrás, y que a diferencia de ésta que fue en “familia” (prácticamente), la mía fue en público y en donde no me pude hacer la lesa ni pasar piola.

Les contaba a las chicas que yo trabajaba en el último piso de un edificio antiguo en pleno centro de Santiago, y obviamente había varias oficinas públicas en distintos pisos, y como en esa época yo vendía un “cuantohay” de cosas, era por ende bastante conocida, o a lo menos me ubicaban.

Los días viernes por lo general en el casino almorzábamos platos especiales, y ese día precisamente, se me ocurrió comer achicoria con ajo, brócoli, coliflor, huevo duro y habas, acompañadas estas ensaladas de un rico bistec. Por lo mismo anduve toda la tarde “prendidita”. Ese día me tocó turno, por lo que fui la última en retirarme de la oficina, timbré el ascensor y mientras este subía, justo sentí la necesidad imperiosa de que mi pobre intestino respirara un poquito, porque tenía más que claro que a esa hora ya no quedaba nadie en el edificio, y como estábamos en el último piso, nadie tampoco llegaría hasta ahí, y ¡cual no sería mi equivocación!, cuando se abre la puerta de éste y me encuentro a boca de jarro con dos personas que inexplicablemente las llevé para arriba, y no me quedó otra que entrar al ascensor y el gas más fétido que yo haya olido en mi vida entró junto a mí. Me quería morir de vergüenza. Las mujeres que venían en el ascensor eran mis clientas de los quesos. No fui capaz de pedir disculpas, más bien cínicamente las miré a ellas bien feo, con expresión de que ¿qué onda ustedes?.  Ellas no aguantaron la risa y me dijeron; “harto bueno el queso que tú vendes”.
¡Uff! Qué bochorno, esas cosas solo me pasan a mi y a nadie más.

Así que para que mi amiga no se sintiera tan mal con su “gas social” le dije ¿viste?, no eres la única del “poto flojo”, y pasa en lo más encumbrado de esta sociedad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario